Inauguración del Año Académico 2026-2027

El jueves 15 de octubre, cuando se abrieron las puertas del Auditorio Juan Pablo II y comenzó la ceremonia, en el ambiente había algo más que un rito anual. APRA ha inaugurado su trigésimo cuarto año académico, 2026-2027, en un clima de alegría y de gratitud compartida por docentes, estudiantes, personal e invitados llegados de todas partes del mundo.

Inauguración del año académico 2026-2027: una ceremonia marcada por la gratitud
El primer saludo fue para las autoridades presentes: el cardenal Baldo Reina, Vicario General de Su Santidad para la Diócesis de Roma; el Gran Canciller, el padre Carlos Gutiérrez; el Rector Magnífico, el padre José Enrique Oyarzún, y los representantes del Cuerpo Diplomático.
Para el padre Gutiérrez fue una jornada especial. Elegido hace poco al frente de los Legionarios de Cristo y, por tanto, Gran Canciller del Ateneo, participaba por primera vez en la inauguración, y lo hacía como antiguo alumno, regresando como guía a la casa que contribuyó a formarlo.


Construir la ciudad, no la torre
El Rector, el padre Oyarzún, pronunció a continuación el discurso inaugural, inspirándose en la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV y en su imagen inicial. Ante las transformaciones de nuestro tiempo, y en particular ante la inteligencia artificial, podemos levantar una nueva torre de Babel o construir una ciudad en la que el bien de cada uno esté ligado al de los demás. El Ateneo ha elegido la ciudad.
Lo ha traducido en tres compromisos concretos para el año que se abre: unas directrices sobre el uso de la inteligencia artificial en la investigación y en la docencia, elaboradas junto con toda la comunidad académica; el cuidado de la relación educativa, hecha de seminarios, tutorías y acompañamiento personal; y el diálogo entre las disciplinas y con la cultura contemporánea. Entre las novedades recientes recordó la Cátedra Ratzinger, la línea de investigación sobre el diálogo con la posmodernidad y el relanzamiento de la Facultad de Bioética.
«¿Simplemente un año más de estudios?» No: la ocasión de dejarse acompañar por una pregunta: ¿a quién servirá lo que estoy aprendiendo?
Roma, una ciudad para el mundo
El momento más esperado fue la lectio magistralis del cardenal Reina, dedicada a Roma, una ciudad para el mundo. Con un tono sencillo y cercano, y con una sonrisa al recordar los cafés de la zona que frecuentaba a escondidas, años atrás, durante un curso para nuevos obispos, el cardenal describió Roma como un laboratorio de convivencia, adonde llega cada día un millón de personas y donde el mundo entero vive junto a la Iglesia.
Habló de una Iglesia «madre» que no domina, sino que engendra y acompaña, y de una misión que no empieza necesariamente en tierras lejanas, sino a nuestro lado, allí donde alguien no es visto. Y reconoció en la comunidad de APRA, que reúne a personas de África, Asia, América Latina, Europa y Oriente Medio, un ejemplo logrado de ese laboratorio.

Una fiesta del estudio
Un vídeo presentó el Ateneo como un organismo vivo, donde tradición e innovación se encuentran y donde el saber nacido en Roma regresa al mundo, de forma presencial y en línea. Después llegaron los aplausos para los estudiantes que concluyeron su ciclo con los resultados académicos más altos, del bachillerato al doctorado, en Filosofía, Teología, Bioética y Ciencias Religiosas.
Algunos de ellos no pudieron estar presentes porque ya se encuentran cumpliendo su misión en distintos lugares del mundo: una señal concreta de adónde conduce, al final, el camino iniciado aquí.



Las voces de la comunidad
Francesca Santilli, licenciada en Ciencias Religiosas y hoy profesora de religión, repasó cinco años hechos de pasillos, pausas para el café y preguntas que seguían fuera del aula, y llamó al Ateneo «Alma Mater, madre que nutre».
En nombre de los nuevos docentes habló el profesor Alejandro Páez, que ha vuelto a APRA tras haber sido estudiante aquí: mientras el mundo dedica sus mentes más brillantes a construir el mejor algoritmo, dijo, alguien tiene que ocuparse de formar al mejor ser humano. El docente, añadió, es como un sembrador: las preguntas planteadas hoy en Roma pueden convertirse mañana en una clase en España o en una homilía en Brasil.
Un año que acaba de comenzar
Así concluyó una mañana que dejó un mensaje claro: poner a la persona en el centro y el saber al servicio del bien común. Si buscáis un lugar en el que estudiar signifique también encontrarse, ser reconocido por el propio nombre y aprender a servir, el año acaba de empezar y las puertas están abiertas.